El Tri y su afición: ¿puede sanar esa fractura antes de que arranque el Mundial?
La afición mexicana abucheó al Tri dos veces en una semana. Con el Mundial en casa, esa fractura es mucho más que un problema de imagen.

El Tri y su afición: ¿puede sanar esa fractura antes de que arranque el Mundial?
Había algo simbólico en lo que ocurrió el pasado sábado en la reapertura del Estadio Azteca. Una noche que debía ser fiesta terminó en silbidos. La afición mexicana, esa que llena estadios, que paga precios elevados por un boleto y que lleva décadas aguantando decepciones mundialistas, le cantó el "olé" a Portugal y le dio la espalda al Tri. Tres días después, en el Soldier Field de Chicago, casi 60 mil personas repitieron el gesto. Dos partidos, dos abucheos, un mensaje que ya no puede ignorarse: la relación entre la Selección Mexicana y su afición está rota. Y el Mundial arranca en casa el 11 de junio.
Esto no empezó el sábado pasado
Sería injusto reducir este problema a los dos empates de la Fecha FIFA de marzo. Lo que vivimos en el Azteca y en Chicago es la acumulación de años de frustraciones que finalmente encontraron una válvula de escape. El detonador más reciente y más doloroso fue Qatar 2022, donde México no pasó de la fase de grupos por primera vez desde 1978. Una actuación que la afición no ha perdonado ni olvidado.
A ese fracaso le siguió un proceso convulso: tres entrenadores en menos de cuatro años, Gerardo Martino, Diego Cocca y Jimmy Lozano, ninguno con resultados convincentes. Cada cambio de técnico fue una promesa de transformación que no se cumplió. Cuando llegó Javier Aguirre por tercera vez, el crédito de la afición ya estaba al límite. Y a pocos meses del Mundial, el equipo sigue siendo una incógnita.
A eso se suma algo que va más allá del campo: la eliminación del ascenso y descenso en la Liga MX, percibida por muchos aficionados como una señal de que el negocio importa más que el fútbol. La desconfianza no es solo hacia los jugadores o el técnico. Es hacia el sistema completo.
¿Tienen razón los que abuchen?
Esta es la parte incómoda del debate. Javier Aquino, exseleccionado, salió a cuestionar los abucheos y fue directo: quien no esté dispuesto a apoyar, mejor que no vaya al estadio. Su postura tiene algo de lógica, pero también tiene un punto ciego importante.
Un aficionado que paga miles de pesos por un boleto, que llega con horas de anticipación, que soporta filas interminables y problemas de organización en el acceso, tiene expectativas. No exige magia, pero sí intento, identidad, algo que lo haga sentir representado. Cuando eso no aparece en la cancha, la frustración es legítima. El vestidor terminó molesto tras el partido ante Portugal, según reportes de Mediotiempo, no solo por el resultado sino por los abucheos. Esa molestia es comprensible, pero también lo es la del aficionado que invirtió su dinero y su tiempo esperando algo más.
El problema real no es quién tiene razón. Es que ambos lados están hablando desde el enojo y ninguno está escuchando al otro.
Lo que dice Aguirre y lo que no alcanza a decir
El "Vasco" fue medido en conferencia tras el empate con Bélgica: "No sé si el equipo está en deuda con los aficionados. Hubo momentos en los que la gente vio un buen equipo mexicano y se sintió representada. No ganamos y eso afecta el ánimo." La frase es honesta, pero también revela algo: Aguirre reconoce que el equipo no ha logrado conectar de manera sostenida con su gente.
Y tiene razón en algo más: ante Bélgica, el Tri fue mejor que ante Portugal. Más propositivo, más intenso, con destellos individuales que el propio técnico destacó. El empate 1-1 no fue un resultado brillante, pero fue más digno. Sin embargo, incluso esa mejoría fue recibida con abucheos en Chicago. Lo que eso indica es que el problema ya no se resuelve con un buen partido. La desconfianza acumulada es demasiado profunda para que un amistoso la borre.
El escenario más delicado: el partido inaugural
Aquí está la parte que más inquieta dentro de la Federación Mexicana de Fútbol, y con razón. El 11 de junio, México jugará el partido inaugural del Mundial ante Sudáfrica en el Estadio Azteca. El escenario más grande posible, el momento más esperado en décadas, y la posibilidad real de que las gradas reciban al Tri con silbidos si el rendimiento no convence desde los primeros minutos.
Los boletos para ese partido cuestan entre 370 y 1,825 dólares en categoría oficial. A ese precio, la tolerancia del aficionado es prácticamente cero. No van a regalar aplausos. Van a exigir, y lo harán con la misma intensidad con la que vaciaron sus bolsillos para estar ahí. La FMF lo sabe, y por eso la preocupación que se reportó dentro de la institución tras el partido ante Portugal no es menor ni exagerada.
¿Hay manera de reparar esto antes del 11 de junio?
La respuesta honesta es: sí, pero no de cualquier manera. Un par de victorias en los próximos amistosos ante Ghana, Australia o Serbia no van a cambiar el estado de ánimo de fondo. Lo que podría moverlo es ver a un equipo que juegue con identidad, con convicción, con ganas visibles. No necesitan ganarle a nadie en amistosos, necesitan que la afición vuelva a creer que hay un proyecto, que hay una idea, que hay algo por lo cual ilusionarse.

Eso no se construye con discursos en conferencia de prensa. Se construye dentro del campo, partido a partido, con jugadores que dejen todo y con decisiones técnicas que la gente pueda entender aunque no comparta. La Hormiga González siendo ovacionado en el Azteca no fue casualidad. La gente busca algo en qué creer. Cuando lo encuentra, responde.
La fractura entre el Tri y su afición es real y tiene raíces profundas. Pero el fútbol tiene esa capacidad extraña de sanar cosas que parecen irreparables con un solo gol en el momento exacto. México tiene todavía semanas para encontrar ese momento antes de que el mundo entero esté mirando. La pregunta es si el equipo, y el sistema detrás de él, están dispuestos a hacer lo necesario para merecerlo.




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